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Catequesis del Valle · Escrito

¿Qué es la muerte?

Qué es la vida, qué son el alma y el espíritu, y la esperanza de la resurrección.

Palabra recibida en el valle

Palabra recibida en el Valle de la Media Luna

Catequesis escrita el 20 de agosto de 2021 por nuestro hermano Ronald José Muñoz Cedeño. Las citas bíblicas le fueron dadas en locución interior por Santa Teresa de Jesús.

Texto revisado y aprobado por el grupo de oración. Original en español.

Creo que todos los hombres en el algún momento nos hemos preguntado qué es la muerte, qué sucede después de morir. ¿Habrá vida después de morir? Cuántas interrogantes, las cuales tienen explicación para aquel que cree en la Palabra de Dios. Científicamente la vida llega hasta la muerte. Para algunas religiones existen otras vidas, la reencarnación. Para nosotros los cristianos, los que seguimos en Jesús, la muerte como la vida existen.

Para hablar de la muerte, primeramente, debemos saber qué es la vida. ¿Qué es la vida? Veamos Juan 14, 6: «Le dice Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí». La vida es Dios y como Él es la vida, vive en nosotros desde el momento en que insufló su Aliento de Vida en el cuerpo de barro que formó del polvo de la tierra. Génesis 2, 7: «Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente». Insufló significa que sopló, es introducir aire dentro de algo, ese algo fue el hombre de barro, que al ser insuflado lo convierte en un ser vivo o viviente. Cuando este aliento de vida falta al cuerpo se obtiene la muerte, la cual para Jesús no es más que un sueño, según lo vemos en Juan 11. En este capítulo, Jesús habla de la muerte y le aclaró esto a sus discípulos en Juan 11, 14: «Entonces Jesús les dijo abiertamente: Lázaro ha muerto». Ahora bien, en 1ª de Tesalonicenses 4, 15-16 nos dice que aquellos que duermen en Jesús resucitarán en la Segunda Venida y nos hace saber que, primero resucitarán los que han muerto en Jesús y luego le seguiremos los vivos o lo que han quedado hasta la Venida del Señor. 1ª Tesalonicenses 4, 15-16: «Os decimos eso como Palabra del Señor: Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar». Es por esto, que podemos decir que existen dos vidas y dos muertes. La vida al nacer y la vida después de la muerte. La muerte sin aliento de vida y la muerte para la condenación. Por lo tanto, hay dos resurrecciones, una para la vida y otra para la condenación. Juan 5, 28-29: «No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio».

Luego que Dios sopló en la nariz del hombre de barro, puso así el aliento de vida y el hombre de barro se volvió un ser viviente, a esto se le llama alma, a la unión del aliento de vida con el cuerpo de barro. El intervalo entre la muerte y la resurrección es como un sueño. No hay conciencia entre el tiempo que pasa. Programado de esta manera, morir es como ir a dormir profundamente, no sabes nada de ti, y vuelves a saber de ti cuando tengas el próximo pensamiento consciente, cuando Dios en la Resurrección vuelva a poner el aliento de vida, es decir, te resucite.

Recordemos que el cuerpo vuelve al polvo y el espíritu o aliento de vida vuelve a Dios, Eclesiastés 12, 7: «vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio». Como seres humanos no somos inmortales, el único inmortal es Dios, 1ª Timoteo 6, 16: «el único que posee Inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien no ha visto ningún ser humano ni le puede ver. A Él el honor y el poder por siempre. Amén». Seremos inmortales sólo cuando Jesús venga y levante nuestros cuerpos con el aliento de vida, 1ª Corintios 15, 51-54: «¡Mirad! Os revelo un misterio: No moriremos todos, mas todos seremos transformados. En un instante, en un pestañear de ojos, al toque de la trompeta final, pues sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido devorada en la victoria». Y nos traerá su recompensa de vida eterna, Apocalipsis 22, 12: «Mira, vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según su trabajo». Dios nos dará cuerpos gloriosos e inmortales, Filipenses 3, 21: «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas». Y todas nuestras deformidades físicas serán curadas (1ª Corintios 15, 51-54), al final tendremos nuestro propio paraíso.

Es importante aclarar lo que es el alma y el espíritu. Recordemos que cuando Yahveh insufló en el hombre de barro le dio la vida, lo convierte en un alma viviente. Es por eso, por lo que el alma no es inmortal porque se refiere al hombre, lo que no muere es el aliento de vida, Dios. En las traducciones bíblicas la palabra alma se ha cambiado por persona o seres vivos. Igualmente, alma se refiere a todo ser viviente, Génesis 9, 10 y 12: «y con toda alma viviente que os acompaña: las aves, los ganados y todas las alimañas que hay con vosotros, con todo lo que ha salido del arca, todos los animales de la tierra». «Dijo Dios: Esta es la señal de la alianza que para las generaciones perpetuas pongo entre yo y vosotros y toda alma viviente que os acompaña».

Es importante conocer qué es el alma y qué es el espíritu, son dos cosas diferentes. El alma, en idioma hebreo, nefes, significa respirar. Es por eso por lo que la muerte se identifica con la falta de aire, es decir del aliento de vida, la cual da al hombre de barro el nombre de alma viviente o ser viviente. El espíritu es llamado en el hebreo como ruah, y en griego como pneuma. Aclaremos esto bíblicamente: en el Salmo 104, 29 el salmista al dirigirse a Yahveh dice: «Escondes tu rostro y se anonadan, les retiras su soplo, y expiran y a su polvo retornan», si Yahveh le quita su Espíritu es decir el ruah, expira y vuelve al polvo. Vemos en la Epístola de Santiago 2, 26: «Porque, así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta», el cuerpo sin espíritu (pneuma) está muerto. Es decir, el espíritu es lo que infunde vida al cuerpo. Es una fuerza invisible, como decimos coloquialmente es la chispa de la vida. Sin el espíritu no hay vida.

Miremos qué dice Eclesiastés 12, 7: «vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio». Cuando el espíritu abandona el cuerpo, éste muere y regresa a su origen: la tierra. Y el espíritu de igual forma o el aliento de vida vuelve a Dios.

Por todo esto podemos decir, que el hombre consta de tres partes, que son: cuerpo, que es lo físico; alma, relacionado con lo emocional y el espíritu relacionado a lo espiritual. 1ª de Tesalonicenses 5, 23 lo constata: «Que Él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo».

El cuerpo es la parte exterior, la cual nos permite tener consciencia y tener contacto con el mundo material. El cuerpo contiene el alma y el alma al espíritu. A través del cuerpo podemos contactar las cosas tangibles del mundo material usando los cinco sentidos físicos (oído, vista, gusto, olfato y tacto).

El alma se refiere al ser viviente, al propio hombre, al yo. Veamos Mateo 16, 26: «Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?» y Lucas 9, 25: «Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?». El alma está entre el espíritu y nuestro cuerpo. A través del alma somos conscientes de nosotros mismos y tenemos nuestra personalidad; con ella experimentamos nuestras emociones, es decir la felicidad, el amor, la tristeza, la ira, el alivio, la compasión. Por ella, somos capaces de tener, elegir y tomar decisiones.

El espíritu es la parte más profunda en un ser vivo o persona. A través de éste podemos constatar a Dios o encontrar a Dios en la esfera espiritual, sólo el hombre puede hacerlo.

Ahora, veamos lo siguiente: el Espíritu de Dios mora como espíritu. En el alma mora nuestro yo y en el cuerpo moran los sentidos físicos. Dios nos santifica al tomar posesión de nuestros espíritus mediante la regeneración o el segundo nacimiento, veamos Juan 3, 5-6: «Respondió Jesús: En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu». Luego, su Espíritu Vivificante se extiende hasta nuestra alma para saturarla y transformarla, Romanos 12, 2: «Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto»; 2ª de Corintios 3, 18: «Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la Gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu». Al final, vivifica nuestro cuerpo mortal a través de nuestra alma, Romanos 8, 11-13: «Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros. Así que, hermanos míos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis», y transfigura nuestro cuerpo con el poder de su vida, Filipenses 3, 21: «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas».

Así entonces, las partes del alma las podemos mirar como tres: conciencia, intelecto y voluntad. En la conciencia existen nuestras emociones. El intelecto es el asiento de nuestra mente, todos nuestros conocimientos que están adquiridos en la educación y lo que hemos aprendido. Y la voluntad es el poder del libre albedrío.

Dios nos dignificó con el libre albedrío, con el poder de tomar nuestras propias decisiones en lugar de ser Él quien predetermine nuestro destino.

Debemos hacer una diferencia entre libertad y libre albedrío. La libertad es la acción de ir y venir como nos plazca; el libre albedrío es actuar en busca de un deseo o necesidad para satisfacer un mandato de nuestra propia voluntad, aún en contra de la voluntad de Dios. La acción del alma, en la cual están las emociones, es la que determina usar su libertad para actuar en un libre albedrío, es decir: hago esto porque así yo lo deseo.

Cada acción del alma o cada acción del hombre va a determinar futuramente en su espíritu su salvación o condenación. Ahora bien, debido al libre albedrío el hombre va a ser juzgado en su espíritu a la hora de su muerte, es importante entonces ayudar a ese espíritu a llenarle de luz a través de la oración en el Novenario, lo que le alumbrará el camino hacia la salvación, ya que cada espíritu será juzgado en un Juicio Particular frente a Jesús por sus buenas o malas obras.

De acuerdo con este Juicio Particular, cada espíritu debe entonces purgar las penas de sus pecados. Es importante recordar que el pecado tiene la culpa y la pena, se puede eximir de la culpa, pero no de la pena. Es así, que al ser juzgado entrará el espíritu a lo que se conoce como Purgatorio, de acuerdo a cómo fue juzgado por sus obras en el amor, para esperar el Juicio Final o Universal. Por consiguiente, de acuerdo con las penas que merecen los pecados, purgará en la dimensión de los arrepentidos y absueltos de culpa o en la dimensión de los hombres santos.

Integridad

Siempre identificada

Este texto se publica claramente identificado como palabra recibida en el Valle de la Media Luna — siempre distinguido de los escritos históricos de Santa Teresa de Ávila, que tienen su propia biblioteca en este sitio. El discernimiento pertenece a la Iglesia; el texto se comparte con tono testimonial, para la oración.

Léala despacio y en oración — a solas, en familia o en grupo. Una sola palabra o frase basta para quedarse con ella el resto del día.

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